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Mi monstruo

enero 13, 2026

Acto I · El rumor

Había rumores de que un monstruo estaba rondando las calles de nuestro pequeño pueblo.
Clari, mi hermana menor, y yo nos apresuramos a llegar a nuestra cabaña; ya era de noche y las calles empedradas empezaban a vaciarse.
Cada vez sentía más la sensación de que algo estaba escondido en el bosque, por lo que solo pensaba en que camináramos rápido para poder llegar.
Nuestra madre había fallecido el año pasado, y nuestro padre se perdía en la borrachera por días, por lo que solo nos teníamos Clari y yo.
Cerramos la puerta de la cabaña; afuera parecía una boca de lobo, todo era negro, pero podías sentir la mirada de algo o alguien.
—Cenamos tranquilas con solo una vela alumbrándonos.

Acto II · El aviso

Sentimos una corriente de aire frío; la vela empezó a titilar.
—La ventana del cuarto está abierta —grité asustada mientras me paraba de la mesa y salía corriendo al cuarto.
El cuarto estaba oscuro; sentía que mi cuerpo se movía lento, mi mente le exigía acelerar los movimientos, pero mi cuerpo no respondía como debía.
Me acerqué a la ventana y justo antes de cerrarla sentí atracción por la noche, por la oscuridad. ¿Qué es lo que está allá afuera?
Cerré la ventana y me di la vuelta para regresar con Clari.
A mis espaldas escuché unos picoteos en la ventana que me hicieron devolver la mirada a la oscuridad.
Una pequeña ave verde, con un pico largo y delgado, estaba golpeando mi ventana.
El ave se quedó frente a mí, inmóvil.
Sentí que algo quería decirme, algo urgente, algo que no debía olvidar.
El ave abrió el pico.
No llegó a emitir ningún sonido.
Algo la arrancó del aire.
Lo que iba a decirme se quedó suspendido en el cuarto.
—Elia —me gritó Clari—, padre ha llegado con un amigo.
—¿Qué?
Me apresuré a salir del cuarto para ver lo que pasaba.

Acto III · La huida

Nuestro padre entraba a la casa con un amigo; se veían despreocupados, como si no supieran lo que estaba sucediendo.
Pero no hay tiempo para explicar.

—Tenemos que irnos, no podemos quedarnos aquí —lo digo mientras le tomo la mano a Clari—. Y continúo diciendo:
—Hay algo allá afuera que está estremeciendo al pueblo.

Se echaron a reír los dos hombres.
—Las mujeres por todo se asustan.

Lo interrumpo:
—Tenemos que salir de aquí.

Jalo a Clari para que caminemos hacia la recámara.
—Saca la maleta vieja de mamá donde guardamos sus vestidos, sácalos y mete solo lo esencial.

Clari obedece sin pronunciar una palabra.
Ella lo siente como yo, siente que hay algo en el ambiente; la casa se siente más fría de lo normal, como si nos empujara a que debemos salir lo más pronto posible.

La maleta cayó al suelo antes de que pudiera cerrarla.
El ruido fue seco, demasiado fuerte para una casa que ya estaba en silencio.

Clari me miró sin decir nada. No hacía falta.
Las dos sabíamos que no era miedo lo que sentíamos, sino prisa.

Tomé la maleta con torpeza; pesaba más de lo que recordaba.
El aire en la casa se volvió denso, como si cada paso costara el doble.

Cuando llegamos a la puerta, el frío nos alcanzó primero.
No venía de afuera.

Algo había cambiado.
Y aunque aún no lo veía, supe que ya no íbamos a salir.

Acto IV · La noche entró

La casa dejó de sentirse igual de un momento a otro.
No hubo ruido, ni golpe, ni aviso.
Solo esa sensación de que el aire ya no nos pertenecía.

Clari me miró y no dijo nada.
No hizo falta.
La ventana seguía abierta, como si hubiera estado esperándonos.

Salimos por ahí sin pensarlo, torpes, casi en silencio.
Afuera, la noche era más amplia, menos densa que la casa que acabábamos de dejar.

Entonces lo supe.
No miré atrás.
No pregunté por él.

Nuestro padre ya no estaba.

Acto V · La forma verdadera

Ahí estaba, en la profundidad del bosque, aquella casa.
Cómo llegamos ahí, no lo recuerdo.
El ambiente se sentía en calma; encontramos una vela en una pequeña mesa y la encendimos.
No recuerdo haber elegido el cuarto.
Cuando abrí los ojos, ya estaba acostada.

La noche siguió avanzando sin ruido.
No supe en qué momento dejé de estar alerta. El cuerpo se acomodó solo, como si ya no hiciera falta vigilar nada.
El silencio no era pesado. Era hondo.

Una ráfaga de aire entró por la ventana abierta; hasta ese momento la noté.
Entonces lo vi.

Lo vi a lo lejos, en un camino que llevaba al bosque.
Vestía de color negro, con ropas viejas.
No podía quitarle los ojos de encima, no sentía miedo.
Sabía que venía por mí.

Él se acerca a mí, está en mi habitación.
Puedo ver su rostro, está lleno de cicatrices.
Respiro cada vez más profundo; hay una conexión inexplicable entre él y yo.
Lo miro fijamente, toco su rostro lleno de cicatrices. Amor. Siento amor hacia él.

Él también me mira fijamente; también en sus ojos hay amor.
—Nunca me dejes sola —le susurro al oído.

Siento cómo toma mi mano entre sus manos y siento cómo aprieta sus labios contra los míos.
Fuego. Siento cómo arde mi cuerpo y mi alma.

Supe que no iba a dejarme.

No era él quien había venido por mí.
Era yo quien por fin había llegado.

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