Pensamos que era una calle segura para estacionar el carro y dar un pequeño paseo por la ciudad. Julián, mi bebé de 6 meses de nacido, estaba inquieto por estirarse después de haber estado sentado por más de 3 horas; también agradecía haber llegado y estaba ansioso por salir del carro, porque cuando abrí la puerta y me acerqué a abrazarlo pude sentir cómo acercaba su pequeño cuerpo hacia mí.
Me sentía afortunada de tener un bebé tan tranquilo; en el trayecto en el carro pocas veces se desesperó. Supongo que también ayudó que parábamos constantemente para estirarnos.
Leo, mi marido, también se estiraba en lo que sacaba la carriola del maletero.
A la mañana siguiente despertamos en el auto; habíamos dormido ahí. Julián había dormido entre mis brazos, ya que nos habíamos enfocado tanto en el paseo del día anterior que dejamos al final el encontrar una habitación. Sin embargo, siempre habíamos sido así: nos gustaba la aventura, nos encantaba no planear tanto y realmente ir tomando decisiones conforme se fueran presentando las situaciones. Cuando miré por la ventana, vi un grupo de personas en la esquina; tal vez estaban esperando que abrieran la cortina de la tienda en donde nos habíamos estacionado el día anterior.
Sentí cómo Julián se arremolinaba a la vez que despertaba entre mis brazos; sentí su pañal pesado y se sentía incómodo. Tenía hambre y necesitaba amamantarlo.
—Debería ir al hotel que está a unas cuadras atrás para ver si tiene una habitación disponible; necesito cambiar a Julián y darle de comer, y también para que podamos descansar—le dije a Leo, mientras veía cómo este se tallaba los ojos y bostezaba.
—¿Por qué mejor no nos esperamos? Ya vamos de regreso a casa. ¿No puedes cambiar a Julián aquí en el carro?
Lo miré con una mirada fulminante, donde se podía ver mi cansancio y mi incomodidad.
—No, es que quiero darme también un baño y quiero que Julián se estire; si no, el camino de regreso va a estar muy cansado. Sirve que también tú descansas un rato.
—O mejor, ¿por qué no aprovechamos el día para dar un último paseo y comprar las cosas que querías?
—No—le dije mientras le pasaba a Julián y buscaba mi bolso—. ¿Puedes cuidar a Julián en lo que yo voy y pregunto? No creo tardar tanto.
—Ok—me respondió sin realmente mirarme y empezó a juguetear con Julián, aunque este no podía esconder su incomodidad.
—Cuídalo, no te vayas a quedar dormido—le dije, y me di la vuelta.
Las calles camino al hotel me parecieron sucias.
—¿Cómo fue que nos estacionamos aquí? Ayer no me pareció que fuera una zona fea—pensé en mis adentros.
Al llegar al hotel, noté que era de bajo presupuesto; bueno, hace match con la zona, era de esperarse que no fuera lujoso.
Noté que la recepción estaba descuidada, con moscas volando alrededor, y la persona que atendía era una joven de no más de 25 años.
Cuando llegó mi turno y pregunté por la disponibilidad de una habitación, el joven me dijo que estaba todo lleno, pero que en 4 horas se desocuparía una y que nada más sería esperar a que la dejaran limpia. Le dije que si no podía tenerla antes, que no importaba si le dejaba más dinero, a lo que respondió que no estaba en su poder, que en 4 horas regresara.
Por lo que solo suspiré, dije gracias y me di la vuelta. Solo pude pensar en por qué no buscamos un hotel cuando llegamos, y me daba mucha pena pensar en Julián, en lo incómodo que también para él era todo esto.
En el camino de regreso al carro iba pensando que ojalá Leo ya lo hubiera cambiado de pañal, pero esbocé una sonrisa imaginándomelo cambiándolo en un espacio tan reducido; seguro no quería que el carro se oliera.
Cuando llegué a la calle donde habíamos estacionado el carro, este ya no estaba. No había rastro de Leo y Julián. Volteé a ver a todos lados y no los veía.
—Tal vez fue a encontrarme al hotel—pensé.
Busqué en mi bolso el celular, pero me di cuenta de que lo había dejado en el carro. Solo traía mi identificación en el bolso. ¿Por qué no me esperó? Ahora tengo que caminar de nuevo—pensé mientras sentía un hilo de ira recorrer mi cuerpo.
Empecé a caminar mientras pensaba lo incómodo que era esto; le había dicho que me esperara. Sin embargo, no me di cuenta de que había doblado una calle antes. Esta era como un callejón, oscuro; al final se veía un negocio, pero no tenía letrero ni nada. Adelante de mí iban dos hombres; me di cuenta de que era una calle sin salida y solo llegaba hasta el negocio. Pero cuando me di la vuelta, esos dos hombres también la dieron y me empezaron a seguir y a gritar.
Sentí mucho miedo. Yo decía que me había equivocado, que iba al hotel, y uno de ellos, el más corpulento, me apuntaba con su dedo y me decía que no me quería ver merodeando, que donde me viera de nuevo lo iba a pagar. Yo solo corrí; sentí cómo mi corazón latía, sentí una extrema necesidad de encontrar ya a Leo y salir de ese lugar. Al diablo el cuarto de hotel; me sentía muy vulnerable.
—¿Dónde estás, Leo?
Tampoco estaba en el hotel. Volví a entrar y le pregunté a la joven si no había asomado un hombre alto, moreno claro, con un bebé. La recepcionista no me puso atención y solo movió la cabeza a los lados y siguió en sus asuntos.
Salí a la calle.
—¿Dónde estás, Leo?, ¿dónde te metiste?
Sentía una mezcla de desesperación, miedo, enojo y preocupación. Quería salir ya de ahí. Me preocupaba que Julián siguiera con el pañal sucio y con hambre. Pobre de mi bebé, me afligía el corazón.
Sola en la calle volteaba a cada lado sin ver ningún rastro del carro. La calle me parecía cada vez más oscura. Me decidí a caminar de nuevo a donde estaba estacionado el carro, con la esperanza de que simplemente estuviéramos dando vueltas sin sentido.
Volví a llegar al lugar de inicio; no había rastro de ellos. El grupo de hombres que estaban desde la mañana ahora me miraban.
—¿Vieron un carro estacionado en la mañana, un carro blanco? ¿Vieron para dónde se fue?
Uno de ellos se acercó hacia mí; sentí sus ojos clavados en mí.
—Es mejor que se vaya de aquí y que no vuelva. No la queremos ver por ninguna de estas calles ni hablando con nadie.
—¿Qué?
—¿Qué no entiende? Si la volvemos a ver por aquí, se va a arrepentir.
No pude pensar, no pude hacer nada más que correr. Corrí tan fuerte que sentía mi corazón en la garganta. No sé en qué dirección corría, solo corría. ¿Qué pasaba? Esa sensación de peligro que te invade el cuerpo y te paraliza la mente, como si mi cuerpo solo se preocupara por sacarme de ahí.
No reconocí la calle cuando dejé de correr, pero sentía que la gente me miraba, como si supieran la advertencia que me había hecho aquel hombre. Dios, ¿qué está pasando?, ¿dónde estás, Leo?, ¿a dónde te fuiste?, ¿qué les pasó?
La desesperación me envolvía; no pensaba con claridad. Caminaba con esa esperanza que queda al final de todo, pero sabes que está ahí para rematarte, esa esperanza que se burla de mí al hacerme creer que al doblar la siguiente esquina estará ahí el carro de mi esposo con él y mi hijo adentro.
—¿Te pasa algo?
—¿Eh?, ¿qué?
—¿Te sientes bien?
Dos mujeres sentadas en una banqueta me miraban extrañadas.
—Es que no sé, no encuentro a mi esposo ni a mi hijo. Andan en un carro blanco. Los dejé estacionados, pero ya no están.
—¿Cómo que ya no están? Siéntate para que puedas calmarte.
—No puedo—les decía mirando hacia todos lados—. Unos hombres me amenazaron y me dijeron que si me veían hablando con la gente de aquí me iban a hacer daño.
—Calma, siéntate.
Me desplomé en el piso al mismo tiempo que empezaba a llorar.
—¿Qué está pasando? Solo fui al hotel y cuando regresé ya no estaban. ¿A dónde se fueron o quién se los llevó?
La sola frase me partió el alma. No podía permitirme pensar en eso. Ellos estaban por ahí dando vueltas buscándome también.
—Mira, nuestra casa está acá adelante. Ven con nosotras para que puedas sentarte, tomar un poco de agua y te sientas más segura.
Accedí sin decir una sola palabra.
El camino a su casa era complicado; salimos de una calle solo para entrar a un callejón. Las casas tenían una fachada sucia, despintadas, pero no tenía otra opción más que confiar en estas dos mujeres. Necesitaba analizar mis opciones de búsqueda.
Al llegar a su casa, estaban unos niños en la sala jugando videojuegos; ni se inmutaron con mi presencia. Estaban más interesados en disparar a su oponente.
—Ok, ya estás a salvo aquí. ¿Quieres un poco de agua?
—Sí, por favor, gracias. Perdón, no me presenté; mi nombre es Elena.
—Yo soy Sabina—dice la joven que se había quedado sentada conmigo. No tenía más de 40 años; era delgada, su cabello era negro, largo y quebrado; sus ojos eran pequeños, me inspiraban ternura.
—Yo soy Karina—me dice mientras me da el vaso de agua. Karina se veía más joven; era mucho más delgada y morena. Traía un corte de cabello estilo pixie. Era muy atractiva.
—Perdón, necesito… no sé qué hacer. Mi esposo y mi bebé están desaparecidos. No sé dónde están. Los dejé estacionados cerca del hotel y ahora no están—les explicaba mientras mis manos temblorosas sostenían el vaso de vidrio con agua—. Y además unos hombres me han amenazado. No sé qué está pasando.
—¿Ya les hablaste por celular?—me pregunta Sabina.
—En mi bolso solo traigo mi identificación. No traigo ni mi celular ni tarjetas ni dinero.
Poniéndome una mano sobre el hombro, me dice Karina:
—Mira, este barrio es muy peligroso. No es bueno que gente que no pertenece aquí ande sola deambulando. Es mejor que te quedes aquí y yo puedo ir a investigar un poco.
—Pero si yo voy contigo tal vez sea más seguro. Yo necesito ir, necesito saber dónde están. Mi bebé tiene hambre y necesito cambiarle el pañal—me desarmé en la mesa de esa humilde cocina.
—Es mejor que te quedes aquí.
Karina salió de la casa, mientras yo me quedaba con Sabina.
—Tal vez debería llamar a la policía.
—No, no es seguro en este momento. La gente no le dice nada a la policía; es mejor si Karina pregunta.
No sé cuánto tiempo pasó, pero se sintió eterno. No podía estar en un solo lugar; solo veía cómo Sabina me miraba mientras me movía de un lado a otro.
Escuchamos la puerta abrirse; era Karina. Sabina movió a los niños de la sala para que pudiéramos recibir a Karina.
Karina entró; se veía con el rostro desencajado, esos rostros que no saben esconder malas noticias.
—Ok, esto que te voy a decir no es sencillo—me dijo mientras me tomaba de las manos para sentarme junto con ella en el sillón—. Los hombres que te amenazaron, ellos se llevaron a tu esposo y a tu hijo. Ellos ya están muertos.
—¿Qué? ¿Pero qué dices?
Me ahogaba en llanto; empecé a gritar que eso no era verdad, que solo estaban amenazando.
—¿Los secuestraron?, ¿quieren dinero? Llévame con ellos, les puedo dar lo que quieran.
—Están muertos.
—¿Qué? ¿Mi bebé está muerto? ¿Por qué?, ¿qué les hicieron?
Miles de pensamientos pasaron por mi mente.
—Fue un secuestro, quieren dinero.
—No sé, solo sé que ya no están.
—¿Los mataron? ¿Cómo? ¿Por qué?
—No creo que sea bueno que sepas los detalles.
—¿Qué? Dímelos.
—No creo que sea sano.
—Dime—le dije gritándole.
—A tu bebé lo golpearon en la cabeza y a tu marido solo dijeron que se hicieron cargo.
Un grito salió de mi boca. ¿Por qué?, ¿qué les había hecho? Sentí que mi corazón se rompía; sentía que moría con ellos, pero yo seguía sintiendo el dolor. Me tiré de rodillas al suelo y la imagen de Julián, con sus cachetitos rojos y risueños, me golpeó aún más fuerte.
—Pero si solo era un bebé, ¿por qué nos hicieron esto?
—No sé, pero es mejor que te vayas de aquí, que tomes tus cosas y te vayas lejos, a tu casa, no sé. No es seguro que estés merodeando.
—¿Pero por qué? ¿Qué te dijeron?, ¿por qué los mataron?, ¿se peleó Leo con uno de ellos o qué pasó?
—No lo sé. No me dijeron, y hay momentos en los que uno debe aprender a no hacer más preguntas.
—¿Dónde están sus cuerpos? Quiero ir y que me digan en mi cara qué es lo que les hicieron y por qué.
—Te van a matar.
—No me importa, ya lo estoy.
Karina me agarró del brazo y me dijo, clavándome sus ojos cafés oscuros:
—Es mejor que te regreses ya a tu casa y desde ahí llames a la policía.
—Claro que no. Si es posible, voy a matar a esos tipos yo misma.
-Es mejor que ya tomes tus cosas y te vayas.. te Podemos dar algo de dinero para que tomes el autobus a tu ciudad y desde alla resuelvas todo-Contesta Sabina Mirando al suelo.
-Que? -contesto con el llanto atrapado en mi garganta
– como me piden que me vaya asi como si nada despues de que han asesinado a mi familia
Asesinados
La palabra se quedo en mi boca, como algo que no se puede tragar ni digerir.
Yo seguía sentada ahí, con el vaso vacío en la mano, y Sabina no me miraba a los ojos. Miraba el piso. Eso fue lo primero que me incomodó. No era tristeza. Era cuidado. Como cuando alguien mide qué tanto puede decir.
Me levanté diciendo que necesitaba ir al baño. Nadie me acompañó. La casa era más silenciosa de lo que debería. En el pasillo vi una mesa con cosas amontonadas. Llaves. Papeles. Monedas.
Y ahí estaba.
La cartera de Leo.
No fue inmediato.
Primero pensé que me estaba confundiendo.
Luego sentí un frío raro en el estómago, como cuando sabes algo antes de querer saberlo.
La tomé. Era suya. La reconocí por una mancha en una esquina, por cómo estaba doblada. No había dinero. No había tarjetas. Solo la foto de Julian, aquella foto que le di a Leo con una nota en la aprte de atras: “Tu inspiracion para cada dia”.
La guardé en mi bolsa sin pensar.
Salí del baño
—Tienen razón, es mejor que me vaya. Es mejor que desde mi ciudad vea a la policía y me ayuden; aquí no conozco a nadie y no tengo dinero ni nada que me identifique.
—Solo denme un poco de tiempo para poder sostenerme y pensar qué debo hacer.
No recuerdo haberlos llamado.
Solo recuerdo que, de pronto, había luces azules entrando por la ventana, pintando las paredes que yo acababa de mirar limpias.
Nadie preguntó nada.
Nadie explicó nada.
Karina y Sabina estaban sentadas en el sillón, tranquilas, como si supieran que ese momento iba a llegar. Cuando el oficial dijo sus nombres, ninguna se sorprendió.
Yo me quedé de pie, sosteniendo la cartera en la mano, y supe que ya no tenía que decir nada más.
Dormí ahí esa noche.
En el silencio escuché pasos que ya no existían.
A la mañana siguiente, la casa estaba más clara.
No pregunté por qué.
En los sueños, a veces uno se queda donde sobrevive.